El gato y el guepardo
Un pequeño gato africano se alejó una noche de la aldea en la que había nacido y al día siguiente se encontró, en plena sabana, con cuatro crías de guepardo que llevaban sólo seis días con los ojos abiertos. sin pensárselo demasiado, se pusieron todos a jugar, persiguiéndose unos a otros hasta que llegó su madre, a quien en principio no lo hizo ninguna gracia el intruso. Pero como lo viera comer con la misma pasión que sus propios hijos, se encariñó con él y lo adoptó. Muy pronto se vio que el gato no correría como sus hermanos postizos, los guepardos, y que por más que intentara alargar su carrera, la cortedad de sus patas fatigaba muy pronto su trote. Tampoco le era posible volver por donde había venido. Así que aprendió a contentarse con los restos que dejaban los demás y aceptar la mirada de incomprensión de su madrastra, la cual, de tanto en tanto, le decía: -debes esforzarte cada día un poco, cada tarde un tramo.
-Lo siento mucho, madre, pero ya ves: como tanto como los otros y no consigo crecer ni un palmo más. Ni siguiera mi color es como el suyo.
-El color es lo de menos -respondió mamá guepardo-, pero uno puede crecer hasta donde alcance su carrera. La velocidad no sólo es un don de la luz, también es un arte y un oficio. El viento estira las patas de quien se atreva a cortarlo.
Tanto impresionó al gato lo que dijo la mamá guepardo, que cuando los demás dormían él se ponía a cavilar a los pies de una acacia hasta que las estrellas se disolvían con la luz del alba. El cabo de unos meses, cortar el viento no le resultó fácil, pero sí -como siempre habían hecho los suyos- cazar de noche. Pintadas, pequeños pájaros, crías de antílope. Presas que al despertar los guepardos miraban con asombro y admiración, hábida cuenta de que el gato se ofrecía a compartirlas con gusto. Y entonces, si en ocasiones y con ojos interrogantes los velocistas miraban al hermano venido al mundo de modo misterioso, éste les decía:
-Puede que el viento estire las patas de quien se atreva a cortarlo, pero la noche que lo apacigua se ha convertido en mi aliada. Avanzo sin que mi olor me delate y hago de la sorpresa mi estilo. Nunca seré rápido, pero ¿acaso el no serlo me impide ser preciso? No pudiendo imitar a la luz del sol en su carrera ¿quién me impide leer en las estrellas las sendas prometidas a mis pasos? La velocidad es poco sigilosa; el sigilo no tiene apuro. Cazar no lo es todo, ni comer tampoco.
Mario Satz









